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Mi Vida como bailarina en el extranjero

Mi Vida como bailarina en el extranjero
Desde que tengo memoria, el baile ha sido mi vida. Crecí en un barrio modesto de la Ciudad de México, donde mi mundo giraba alrededor de la música y el movimiento. Mientras otros niños jugaban en las calles, yo pasaba horas frente al espejo del salón de mi casa, inventando coreografías y soñando con escenarios que parecían lejanos. Desde muy pequeña supe que no solo quería bailar, necesitaba hacerlo.

A los ocho años, mis padres me inscribieron en una pequeña academia de danza en el centro. Lo que comenzó como un hobby pronto se convirtió en mi mayor pasión. Cada paso que aprendía, cada corrección que me hacían, me empujaba a querer más. Me enamoré del ballet, de la precisión y la elegancia que requería. Poco a poco, fui destacando, pero no por ser la mejor, sino por mi determinación. Sabía que si quería llegar lejos, tendría que trabajar más duro que nadie.

A los 18 años, mientras muchos de mis amigos planeaban sus estudios universitarios, mi mente ya estaba en otro lado. Soñaba con bailar en el extranjero, con aprender de los mejores y, sobre todo, con llevar mi amor por el baile a otros lugares del mundo. Cuando me aceptaron con una beca en una prestigiosa escuela de ballet en Londres, no lo pensé dos veces. Junté mis cosas, me despedí de mi familia y volé hacia lo desconocido, llena de ilusión pero también de miedo.

Llegar a Londres fue un golpe de realidad. El idioma, el clima, las costumbres… todo era diferente. Pero lo más impactante fue el nivel de competencia. De repente, estaba rodeada de bailarines que habían entrenado en las mejores escuelas del mundo. Me preguntaba si de verdad estaba a la altura, si ese lugar era para mí. Hubo momentos en los que pensé en rendirme, pero algo dentro de mí me empujaba a seguir. Sabía que había venido desde muy lejos, que representaba no solo mis sueños, sino también a mi familia y a mi país.

Los primeros meses fueron duros. Extrañaba mi casa, la comida, las risas de mi familia. Las videollamadas no eran suficientes para llenar ese vacío. Pero poco a poco fui encontrando mi lugar. Hice amigos de diferentes partes del mundo y, entre nosotros, formamos una pequeña familia de expatriados. Nos apoyábamos en los días difíciles y celebrábamos juntos nuestros logros. Fue en esos momentos que me di cuenta de que no estaba sola en este viaje.

Un año después de mi llegada, me seleccionaron para interpretar a Clara en una producción de “El Cascanueces”. Era mi primer gran papel en Europa, y recuerdo que los nervios me invadieron en cada ensayo. Pero el día de la función, algo cambió. Al subir al escenario, sentí una paz inmensa, como si todo lo que había pasado hasta ese momento —los sacrificios, las dudas, los miedos— hubiera valido la pena. Estaba ahí, frente a una audiencia europea, bailando con el corazón, y en ese instante supe que todo mi esfuerzo me había llevado exactamente a donde quería estar.

A partir de esa función, mi carrera empezó a despegar. Bailé en escenarios de París, Berlín, Nueva York… ciudades que solo había visto en películas. Cada vez que salía al escenario, llevaba conmigo un pequeño pedazo de México, como si cada paso que daba contara una historia de dónde venía y todo lo que había dejado atrás.

Pero no todo ha sido fácil. La vida de una bailarina profesional en el extranjero es agotadora. Las largas horas de ensayo, las lesiones y la soledad de estar lejos de casa son parte de este camino. A veces, después de una función, me encontraba sola en mi camerino, pensando en lo que mis padres estarían haciendo en México, o en las cenas familiares que me estaba perdiendo. Esos momentos de soledad eran los más difíciles.

Sin embargo, cada vez que volvía a México, me sentía más conectada a mis raíces. Volver a la academia donde todo empezó, ver a mis antiguos maestros y a los nuevos estudiantes, me recordaba por qué había comenzado este viaje. A veces daba clases a los más jóvenes, y en sus ojos veía la misma chispa que yo tenía a su edad. Siempre les decía lo mismo: “Nunca dejen de soñar, pero trabajen aún más duro para alcanzar esos sueños”. Hoy, sigo viajando por el mundo, pero cada paso que doy, lo doy con México en mi corazón. Cada vez que me pongo las zapatillas de ballet, pienso en esa niña que bailaba frente al espejo en su pequeño salón. A veces no puedo creer lo lejos que he llegado, pero sé que este es solo el comienzo. Porque para mí, el baile no tiene fronteras. Y mientras haya música, seguiré bailando, llevando conmigo un pedacito de mi país, sin importar en qué escenario del mundo esté.