SMOD MAGAZINE

¿En qué momento? Un viaje personal. Historias de un hombre común

¿En qué momento? Un viaje personal. Historias de un hombre común

“La vida es como cuando de niño vas al mar por primera vez, una ola te revuelca, te arrastra, sin que puedas hacer nada; y cuando te puedes poner en pie después de tragar mucha agua… ya se fue tu juventud”. Así de rápido, sin darte cuenta, de repente.

Te ves en el espejo y ya eres viejo. (O adulto mayor, con ánimo de proporcionar un paliativo al adjetivo).

Te levantas por la mañana y te preguntas:

¿En qué momento me salieron todas esas canas? ¿En qué momento creció  mi barriga y perdí la fuerza en las piernas, se me colgó la piel y el brillo de mis ojos desapareció? ¿En qué momento crecieron mis hijos? ¿En qué momento se fueron mis padres?…

Schopenhauer, quien  no se destacó por su optimismo, hizo un análisis de la vejez, en “ El arte de sobrevivir” escribe: “El ser humano debe vivir hasta los cien años si las enfermedades se lo permiten, si no le aqueja algún mal,  y después de los noventa años morirá de manera tranquila sin estertores, sin agonía, posiblemente sentado después de comer, lo que se conoce como eutanasia”…y ahonda: “eso no es morir sino simplemente dejar de vivir”.

Cuando despiertas y te pones en pie después de la ola, es cuando comienzas a pensar al ritmo del tic, tac…Tienes todo en contra, simples matemáticas  en la cuenta reversible. No vives un día más,  tienes más bien: un día menos.

Y sí  pensamos que el promedio de vida actual  de la especie   humana  es entre  ochenta y noventa años, y que los años que te quedan por venir por cierto, no serán los mejores, la cosa se ve peor. El pesimismo que alimentaron los filósofos  del absurdo, del vacío existencial de la sinrazón  se presenta en nuestras mentes al pensar ¿En qué momento?

Somos la única especie sobre la tierra que tiene conciencia de su propia muerte y créanme, a nadie le pasa desapercibida esa cuestión.

Una luz en la oscuridad.

Hoy entre las personas que hemos circulado  por la vida entre dos siglos, tenemos el privilegio de muchas cosas entre otras: haber visto los cambios más  grandes del ser humano,  de las sociedades,  de las comunicaciones, y de la vida.

Hemos visto cosas que antes, en milenios eran imposibles, Tenemos el  universo al alcance de la mano en un dispositivo que tiene más funciones que por lo menos diez aparatos inventados en dos siglos. Podemos entre otras miles de posibilidades: ver la superficie de la luna en tiempo real por ejemplo… (Ya sabemos que no está hecha de queso).

Al pensar en todo lo que podemos hacer con una mano, todo lo que puedes aprender, conocer, entender, y sin salir de casa, pienso en todas las cosas que se podrían hacer si fuéramos una especie más humana…

Contra todo pronóstico no nos destruimos en dos guerras mundiales ni durante la Guerra Fría, con todo y su amenaza nuclear. Carl Sagan escribió a propósito de la autodestrucción que pareciera inminente y que le preocupaba sobremanera: “Somos una especie curiosa, prometedora, con posibilidades…”

Hablando de su servidor, de cómo me tomo el: ¿En qué momento?, les platicaré que me gustaría decir que no me aflige, pero no es así, claro que ahí está cuando despierto por las mañanas y salta de repente en mi mente, silencioso, infalible, frio; pero saben algo: me he propuesto arrancarle lo mejor al tiempo que resta, arrancarle días buenos, momentos grandiosos; evitar lo más posible  el deterioro  a mi cuerpo, moviéndome, caminando haciendo el ejercicio que me permita sin llegar al agotamiento y al ritmo que acepta.

Se dice fácil pensarán, y este escrito no pretende dar consejos vacíos de libro de auto ayuda, es solamente una experiencia personal…” Un viaje personal”, con esta frase iniciaba “Cosmos” la serie de Carl Sagan, un admirado súper héroe en mi vida, al que le debo mucho.

Cuando me preguntan: ¿qué libro cambió tu vida? “me atoro”, no sé qué responder, porque son muchos los que lo hicieron y lo siguen haciendo, pero seguro “El Mundo y sus demonios” de Sagan es uno de ellos. Para los que venimos de los sesenta (ya tan lejanos), de un mundo tan distinto al actual, en el que los niños vivíamos más vulnerables a superchería, mitos e ignorancia, leer a Carl Sagan fue un descubrimiento. “Leer un libro nos conecta  con personas que tal vez murieron hace miles de años, entramos en sus mentes, un libro es la prueba de que los humanos son capaces de hacer magia”,  escribía el genial astrofísico de Nueva York.

Esta sed de conocimiento es una luz en la edad madura, ¡de verdad! ya tenemos más tiempo para buscar, para entender para conocer. Cuando hemos dedicado una vida a trabajar, hacer una familia y educar a nuestros hijos, es tiempo de tomar con calma las cosas, de medir el tiempo con las emociones y los sentimientos que les damos a los demás, con ratos buenos disfrutando de la compañía de quien amamos, ya no con el reloj… En mi viaje personal intento hacer más cosas que me den felicidad; hoy me dedico a pintar. No ha sido fácil el camino, no, pero me ha dado horas interminables de inspiración y de realización. La creación nutre el alma. Hacer una carrera en el arte es de las cosas más satisfactorias de la existencia.  Me permite con lápices y pinceles hablar y gritar, llorar, amar, sentirme pleno,  ya no me lamento de no haber iniciado antes en la pintura profesional, aun aprendo todos los días, cuadro a cuadro, pincelada tras  pincelada.

En esta época de mi vida creo que me entiendo mejor con Dios, me escucha y se lo agradezco, me regala cosas buenas como el olor a lluvia, las  sonrisas de mis nietas, los amaneceres y las vistas del mar, el viento en mis oídos en una tarde tibia… me permite  caminar, escuchar a Beethoven, y también disfrutar de un buena cumbia, o salsa, de buen  rock, oír a Serrat o a los Beatles, y tratar de entender a las nuevas generaciones y sus tendencias musicales y del cine, pero sobre todo, a disfrutarlas, amo la literatura y la poesía, en fin son tantas cosas de las que hoy tengo más conciencia y las disfruto mucho más desde la madurez de pensamiento. Los libros han sido mis compañeros y hoy tengo el tiempo para leerlos  vivirlos, con otra visión, con mayor conocimiento.  Vuelvo a leer algunos que me llenaron por el simple placer…

En este momento después de la ola, cuando han pasado tantas experiencias, puedo decir que tengo la ventaja y la dicha de andar sin dobleces por la vida, sin falsedades, de no necesitar halagar a nadie que no lo merezca ni de falsear cortesías, puedo llamar las cosas por su nombre; soy lo que soy.

Le tengo fe a la ciencia y sé que, con los avances alcanzados, hay una buena esperanza de vida y que las enfermedades son más tratables, hacen menos doloroso el trance de muchas que antes acababan con la esperanza de las personas.

 En los sesenta a los cincuenta años eras considerado un viejito, (persona mayor).

Para concluir me permitiré decirles que: dentro de la gran creación universal, en el ciclo de la vida, tenemos la fortuna de que, cuando lleguemos al final del viaje nuestros cuerpos ya estarán cansados, el reposo la paz y el fin del dolor en su caso, nos llegarán en el momento correcto, después de haber sobrevivido a la ola.

Verano de 2024