El día que la tierra sacudió nuestras vidas
El 19 de septiembre de 1985 amaneció como cualquier otro día en la Ciudad de México. El sol apenas asomaba en el horizonte, la ciudad comenzaba a despertar y la rutina diaria tomaba forma. Nadie imaginaba que en cuestión de minutos la vida cambiaría para siempre. A las 7:19 de la mañana, la tierra comenzó a rugir con una fuerza descomunal.
Yo tenía 26 años en ese entonces, trabajaba en un edificio en la zona centro, en la esquina de Balderas y Chapultepec. Recuerdo estar revisando unos papeles cuando de repente todo comenzó a moverse. Al principio fue leve, casi como una vibración que te hace pensar en algo pasajero. Pero, en cuestión de segundos, la vibración se convirtió en un vaivén violento. El suelo bajo mis pies se movía como si fuese de agua. Los muebles comenzaron a temblar, los cristales a estallar y, para cuando quise reaccionar, las paredes crujían.
Lo siguiente fue el caos. Todos corrían, gritaban, buscando una salida mientras el edificio parecía desmoronarse sobre nuestras cabezas. Sentí miedo, un terror que nunca había experimentado antes. El sonido del concreto cayendo, de los vidrios rompiéndose y de los gritos de desesperación eran ensordecedores. Mis piernas se movían por instinto, buscando la salida. No sé cómo logré bajar las escaleras entre el tumulto de personas. Todo se sentía eterno, como si el terremoto no fuera a terminar nunca. Finalmente, llegué a la calle.
Lo que vi afuera fue una imagen que jamás podré olvidar. La Ciudad de México, a la que conocía tan bien, estaba irreconocible. Edificios colapsados, escombros por todas partes, humo y polvo llenando el aire. La gente lloraba, gritaba nombres, algunos corrían desesperados intentando ayudar a quienes habían quedado atrapados bajo los escombros. Vi a un hombre arrodillado, abrazando a una mujer que no respondía. A mi alrededor, el suelo seguía temblando con réplicas constantes, como si la tierra no hubiera terminado de desahogar su furia.
Caminé sin rumbo, tratando de asimilar lo que acababa de ocurrir. A cada paso, encontraba escenas más desgarradoras. Familias buscando a sus seres queridos entre los restos de lo que alguna vez fueron hogares. Los hospitales estaban desbordados, las ambulancias no se daban abasto, y los rescatistas, muchos de ellos ciudadanos comunes, improvisaban con sus propias manos el rescate de los atrapados.
En el centro de la ciudad, el panorama era aún más devastador. El Hotel Regis, un edificio emblemático, estaba reducido a escombros. La Torre del Hospital Juárez se había desplomado y cientos de personas quedaron atrapadas bajo los restos de hospitales, oficinas y viviendas. Recuerdo haber visto grupos de personas organizándose para remover escombros, sin esperar a que llegara ayuda oficial. No había tiempo. Cada minuto contaba.
Los días posteriores fueron de una mezcla de horror, dolor y esperanza. Me ofrecí como voluntario junto a amigos y vecinos. Nos reunimos para ayudar a remover escombros y buscar sobrevivientes. Fue impresionante cómo la solidaridad se apoderó de la ciudad. Todos, sin excepción, hacían lo que podían. Con palas, cubetas o simplemente las manos, la gente removía escombros, pasaba agua o daba consuelo a quienes lo habían perdido todo. En medio de tanto dolor, la unión del pueblo mexicano fue una luz en la oscuridad.
Recuerdo especialmente una escena que me marcó. Estábamos trabajando para rescatar a unas personas atrapadas en un edificio colapsado. Después de horas de remover escombros, logramos sacar a un niño pequeño. Estaba sucio y asustado, pero vivo. La alegría de ese momento fue indescriptible. Todos aplaudimos y gritamos, como si ese pequeño triunfo nos diera fuerza para seguir adelante.
A medida que pasaron los días, la magnitud de la tragedia se hizo más clara. Más de 10,000 personas perdieron la vida y miles quedaron heridas o desaparecidas. El daño material era inmenso, pero lo más doloroso eran las vidas que ya no estaban. Los rostros de los que buscaban desesperadamente a sus seres queridos se grabaron en mi memoria.
Hoy, cuando miro atrás, sé que el terremoto del 85 no solo sacudió a una ciudad, sino a toda una nación. Nos mostró lo frágiles que somos ante la fuerza de la naturaleza, pero también lo fuerte que podemos ser cuando nos unimos. México se levantó de los escombros con cicatrices profundas, pero con una solidaridad y un espíritu que aún perduran.
Han pasado muchos años desde ese fatídico día, pero el 19 de septiembre de 1985 siempre estará presente en la memoria de quienes lo vivimos. La tierra tembló, y con ella, nuestras vidas cambiaron para siempre. Pero también descubrimos que, incluso en los momentos más oscuros, la esperanza y la unión nos pueden mantener de pie.